Una videoguerrilla de María Cañas“, reza el tagline de EXPO LIO 92’ (2017). Así quedan cristalinas las intenciones de la directora desde el primer instante, momento previo a la agitación audiovisual en un desfile de imágenes de apariencia ruidosa y desordenada pero contenedoras de una dinamita que está lejos de explotar anárquicamente. En realidad, el trabajo de esta creadora empedernida no deja títere con cabeza en una purga estudiada y necesaria que conjuga forma y fondo con habilidad irresistible. Es María Cañas la que aprieta el gatillo, ni más ni menos, emperadora del imaginario colectivo que maneja a su antojo las visiones caleidoscópicas de una sociedad con pautas discutibles y patéticas conductas, y cuya mirada ha dado a luz bofetadas como Fuera de serie (2012) o Sé villana. La Sevilla del diablo (2013).

¡Curro tiene la culpa!. Ese bicho infame con el cuerpo de Michelín, alas de paloma de la paz, cresta de colores y nariz cónica y amenazante, repetía una y otra vez: ¡Bienvenidos a Sevilla!. Los cojones -pensarían muchos- no somos tan modernos, amigos del mundo, ni Curro tan alegre y bailongo. La arrítmica (¿o lo eran los políticos que bailaban a su lado?) mascota de la Expo pasaría de representar los ¿valores? de la universalidad cultural y tecnológica a ser cabeza de protesta de indignados en paro; singular y flagrante la metáfora que Cañas expone con perspicaz gancho en un montaje frenético aunque clarividente; parece una contradicción… pero no.

“La vanguardia me produce taquicardia”, dice en un momento del documental la bruja Avería. Personaje mítico de nuestra televisión, hater de electroduendes y dedo corazón de la peineta ochentera al modus vivendi de los españolazos de la época, el títere de La bola de cristal aparece por segundos en varios tramos del trabajo de la directora. Curiosamente, su tono malévolo e irreverente (“Soy Avería y aspiro a una alcaldía”), le sirve a Cañas para dar el pistoletazo de salida a su particular percepción del supuesto éxito de la exposición sevillana. En forma de análisis alucinatorio, el documental señala con el dedo desde la verdadera naturaleza del Día de la Hispanidad, hasta la deformación de la posmodernidad, pasando por las hoy ruinosas y olvidadas instalaciones de aquel escaparate de país avanzado que debía resultar la isla de La Cartuja.

Las irónicas imágenes de las colas interminables y las carreras al entrar de “vivos vivientes” -como son denominados en el documental los visitantes de la Expo- acompañan a una delirante versión de The Final Countdown… o al revés. Da lo mismo que lo mismo da, pues María Cañas, que nunca deja la escopeta sin cargar, le da la vuelta a todo para que, por momentos, no separemos ficción de realidad. De esta forma, en un redil donde se reparten hostias (seguramente merecidas) y hay sitio hasta para la mediática Wendy Sulca y su Cerveza, cerveza, es como la guerrillera del medio, que no hace mucho presentó Histeria de Cataluña (2018), pone en alerta al espectador inquieto metiendo el dedo en la llaga sobre la idea de “la muerte de España”. Aún con las canillas temblorosas, tras la inteligente vorágine de Cañas, parece urgente preguntarse sin complejos: ¿éramos tan modernos?.

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